Oceanía sedujo a los millennials por su combinación de naturaleza extrema, ciudades cosmopolitas y fuerte conciencia ambiental, ofreciendo experiencias alineadas con valores generacionales como el respeto por el entorno, la diversidad cultural y el contacto directo con comunidades locales.
Australia y Nueva Zelanda lideraron la preferencia de este segmento, con destinos como Sydney, Melbourne, Auckland y Queenstown, donde se mezclan vida urbana, deportes de aventura, trabajo remoto y propuestas culturales pensadas para viajeros jóvenes y conectados.
El turista millennial privilegió viajes más largos y flexibles, utilizando visas working holiday, alojamientos compartidos, campervans y experiencias autogestionadas que les permiten moverse con libertad y optimizar el presupuesto sin resignar calidad.
La sustentabilidad dejó de ser un discurso para transformarse en un criterio de elección, impulsando el crecimiento del ecoturismo, las reservas naturales gestionadas por pueblos originarios y las experiencias vinculadas al cuidado del océano y la biodiversidad.

Las islas del Pacífico ganaron protagonismo como destinos de bienestar y desconexión consciente, con Fiji, Tahití y Samoa ofreciendo propuestas de turismo slow, espiritualidad, gastronomía local y contacto íntimo con la naturaleza.
La tecnología fue una aliada central del viaje millennial, desde la planificación digital y el uso de redes sociales hasta la creación de contenidos en tiempo real que amplifican el alcance de los destinos a escala global.
Para los profesionales del turismo, entender este perfil resulta clave para diseñar productos competitivos, ya que el viajero millennial no busca solo un destino, sino una historia que valga la pena vivir, contar y recomendar.
Oceanía, con su identidad diversa y su apuesta por el turismo responsable, se consolidó así como un laboratorio natural del turismo del futuro, donde los millennials no solo viajaron, sino que marcaron el rumbo de una industria en plena transformación.










