Viajar nunca fue tan fácil ni tan frecuente. Sin embargo, el éxito del turismo global comienza a mostrar su contracara. En ciudades emblemáticas, playas icónicas y enclaves naturales de distintos continentes, el turismo masivo dejó de ser solo una fuente de ingresos para transformarse en un problema estructural. La advertencia vuelve a quedar plasmada en la lista anual de destinos que “no conviene visitar” elaborada por Fodor’s Travel, un informe que cada año genera debate y que esta vez apunta directo al corazón del fenómeno.
Lejos de cuestionar el atractivo de esos lugares, el planteo es otro: algunos destinos están llegando a un límite que compromete la calidad de vida de los residentes, el equilibrio ambiental y, paradójicamente, la propia experiencia del viajero.
Cuando el éxito se vuelve un problema
El concepto de sobreturismo —overtourism— ya forma parte del vocabulario urbano. Se trata de un fenómeno en el que la cantidad de visitantes supera la capacidad real de un destino para absorberlos sin consecuencias. Calles colapsadas, transporte saturado, servicios públicos al límite y un encarecimiento acelerado del costo de vida son algunas de las señales más visibles.
Uno de los impactos más sensibles es el de la vivienda. En numerosas ciudades, la expansión de los alquileres temporarios orientados al turismo redujo la oferta para residentes permanentes y empujó los precios a niveles inaccesibles. El resultado: barrios tradicionales que se vacían, vecinos que se mudan y un tejido social que se resiente.
Ciudades que empiezan a decir “basta”
El debate ya no se da solo en guías de viaje. Medios como The Guardian, BBC, El País y Le Monde vienen reflejando un clima de creciente malestar en destinos turísticos históricos. Barcelona, Venecia, Ámsterdam, París, las Islas Canarias, Bali o Dubrovnik son algunos de los nombres que aparecen de manera recurrente en estos informes. En muchos casos, las protestas vecinales contra el turismo masivo dejaron de ser episodios aislados para convertirse en un fenómeno sostenido.
Las respuestas de los gobiernos locales también marcan un cambio de época: tasas turísticas más altas, cupos diarios de visitantes, límites a los alquileres temporarios, restricciones a cruceros y, en algunos casos, prohibiciones directas para acceder a determinadas zonas en horas pico.
El turismo como dilema urbano y social
Durante años, el turismo fue presentado como una industria casi sin costos. Hoy, ese paradigma empieza a resquebrajarse. Los especialistas coinciden en que el desafío no pasa por frenar los viajes, sino por repensar el modelo.
“El problema no es el turista, sino la falta de planificación”, repiten urbanistas y economistas. Sin regulación, el turismo puede comportarse como una actividad extractiva: consume recursos, ocupa espacios y deja beneficios concentrados, mientras los costos se distribuyen entre la población local.
Viajar, sí. Pero de otra manera
Lejos de promover el “no viajar”, la tendencia apunta a un turismo más equilibrado. Viajar fuera de temporada, elegir destinos alternativos, respetar normas locales y diversificar la oferta son algunas de las claves que se repiten en los análisis internacionales. También crece la idea de que los destinos deben dejar de medirse solo por la cantidad de visitantes y empezar a hacerlo por su impacto real en la comunidad y el ambiente. En ese sentido, la discusión ya no es solo turística: es económica, social y cultural.
La lista de Fodor’s funciona como una señal de alarma, pero el fenómeno es mucho más amplio. El turismo global enfrenta una encrucijada: seguir creciendo sin límites o adaptarse a un nuevo equilibrio. El desafío, coinciden los expertos, ya no es atraer más turistas, sino aprender a convivir con ellos. Porque cuando viajar se vuelve una carga para quienes viven en el destino, el problema deja de ser del turismo y pasa a ser de la sociedad en su conjunto.
Una discusión que también interpela a Uruguay y Argentina
El debate global sobre el turismo masivo no es ajeno al Río de la Plata. En Uruguay, destinos consolidados como Montevideo, Punta del Este, Colonia del Sacramento o La Paloma vienen experimentando un crecimiento sostenido del turismo, especialmente en temporada alta, con impactos visibles en el mercado inmobiliario, el uso del espacio público y la presión sobre los servicios.
En los últimos años, el aumento de los alquileres temporarios y la concentración de la oferta turística en determinadas zonas encendieron alertas similares a las que hoy se observan en ciudades europeas. Si bien la escala es distinta, el desafío es comparable: cómo sostener el atractivo sin afectar la vida cotidiana de quienes habitan esos lugares todo el año.
En Argentina, el fenómeno aparece con matices propios. Ciudades como Buenos Aires, Bariloche, Ushuaia, El Calafate o algunos corredores turísticos del litoral y la costa atlántica enfrentan picos de saturación estacional, tensiones en el acceso a la vivienda y una creciente discusión sobre el ordenamiento del turismo. A eso se suma un contexto económico que vuelve más compleja la planificación de largo plazo.
Aunque lejos de los niveles de colapso que muestran algunos destinos globales, la experiencia internacional funciona como advertencia temprana. El turismo sigue siendo una herramienta clave para el desarrollo, pero cada vez resulta más evidente que sin reglas claras, planificación urbana y consenso social, el éxito puede transformarse en un problema difícil de revertir.
En ese sentido, la discusión que hoy atraviesa a Europa y Asia empieza a instalarse también en el Cono Sur: no se trata de recibir más turistas a cualquier costo, sino de construir un modelo sostenible que permita viajar, crecer y convivir.









